Mundial 1970: La tarde que hizo inmortal al Azteca
Por Ignacio Segreti
Historia de los Mundiales
El fútbol tiene escenarios que
trascienden el paso del tiempo. En 2026, el Estadio Azteca volvió a convertirse
en noticia al ser el primer estadio del mundo en albergar partidos de tres
Copas del Mundo. Sin embargo, mucho antes de ese récord, ya había alcanzado la
inmortalidad. El 17 de junio de 1970, Italia y Alemania Occidental disputaron
allí una semifinal que el mundo terminaría bautizando como el "Partido del
Siglo".
Las tribunas estaban colmadas.
Más de cien mil personas esperaban un duelo entre dos potencias, sin imaginar
que asistirían a uno de los encuentros más memorables de la historia. La altura
de Ciudad de México hacía sentir su efecto en cada carrera, pero nadie bajaba
la intensidad.
Italia golpeó temprano. A los
ocho minutos, Roberto Boninsegna aprovechó un error defensivo y puso el 1-0.
Durante gran parte del partido, los italianos resistieron con orden mientras
Alemania Occidental buscaba desesperadamente el empate. El reloj parecía jugar
a favor de los dirigidos por Ferruccio Valcareggi, hasta que, en el último
suspiro, Karl-Heinz Schnellinger apareció por sorpresa y marcó el 1-1.
Paradójicamente, fue el único gol de toda su carrera con la selección alemana.
El empate llevó la semifinal al
tiempo suplementario y el fútbol pareció perder toda lógica. Gerd Müller
adelantó a Alemania, Tarcisio Burgnich igualó para Italia, Luigi Riva volvió a
poner en ventaja a la Azzurra y, otra vez, Müller empató el encuentro. Cada
ataque era un golpe, cada respuesta parecía definitiva, hasta que llegó la
última escena. Apenas un minuto después del 3-3, Gianni Rivera apareció libre
dentro del área y definió de primera para el 4-3. Décadas más tarde, el propio
Rivera recordaría aquella jugada: "Me
dije a mí mismo que no me quedaba otra alternativa que anotar el gol de la
victoria", confesó al recordar la presión que sintió
después del empate alemán.
Mientras el Azteca estallaba de
emoción, otra imagen quedaba grabada para siempre. Franz Beckenbauer siguió
jugando con el hombro dislocado y el brazo inmovilizado contra el pecho, una
postal que se transformó en símbolo de aquel Mundial. Rivera nunca olvidó a su
rival y años después lo recordó con admiración: "Fue
el mejor futbolista alemán de todos los tiempos. Ocupaba gran parte de la
cancha y llenaba ese espacio con sus ideas". Sobre el
final de aquel partido también evocó un gesto que lo marcó: "Cuando terminó el partido vino a
saludarnos. Era un gran caballero, también fuera de la cancha".
Italia avanzó a la final, donde
caería ante el Brasil de Pelé. Sin embargo, ni siquiera el campeón consiguió
eclipsar el recuerdo de aquella semifinal. Gerd Müller lo resumió con una frase
que todavía conserva vigencia: "Nadie
ha olvidado ese partido".
Hoy, mientras el Azteca vuelve a
abrir sus puertas para otra Copa del Mundo, sus tribunas siguen hablando de
aquella tarde. Antes de convertirse en el primer estadio en recibir tres
Mundiales, ya había sido el escenario donde siete goles, un hombro dislocado y
120 minutos inolvidables escribieron una de las páginas más extraordinarias de
la historia del fútbol.

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